Kthulu Inc.

…obedece al tentáculo!

El Traspatio.

A un hombre como yo rara vez le ocurre algo sobre lo que se puede urdir un relato interesante. Una persona como yo llega al mundo de manera convencional y acomodada, tiene un tercio de la vida meticulosamente planeada por sus padres y ese tercio forma los límites que bordean el camino que transitará el resto de sus días.

Pero hay un momento, quizás un pequeño segmento de la recta que mide nuestros días, en el que se abren las puertas hacia una experiencia tan extraña que te obliga a replantear los patrones que han regido tu vida y además dejan su huella y, por supuesto, un relato.
Mi relato involucró a mi mujer, y el traspatio.

Yo era un hombre reservado cuando conocí a Raquel; una piedra pulida con cuidado y mucha técnica, absorto en la racionalidad. Confieso que aún queda en mí gran parte del ser estructurado que fui, pero engañaría a mi mente si afirmara que los hechos no me cambiaron. Botaron muros, excavaron y me dejaron mirando la luz de la luna y, de vez en cuando… el mar.

Todo ocurrió a finales de 1999 o a principios del 2000. Raquel se presentó tímida y dulce a la firma de arquitectos en la que yo trabajaba, buscando a alguien dispuesto a dejar la capital por algunos meses para la construcción de una casa en Isla Negra. Me acerqué y charlamos lo suficiente como para que comenzara a compartir pasajes personales de su vida privada, algo acerca de sus padres fallecidos, de una herencia y de sus deseos de empezar de nuevo. Yo no la oía, sus ojos habían bloqueado mis sentidos, me comunicaban a través del azul cristalino mucho más que la palabras que escapaban de su boca. Ahora sé que aquella fue la primera vez que usó su mirada para persuadir, controlar y llevarme hacia la realización de sus deseos.

A las pocas semanas íbamos viajando hacia Isla Negra, con nuestras manos cruzadas, a tantear el terreno y evaluar nuestras expectativas. A pesar de los casi nulos conocimientos técnicos acerca de arquitectura, Raquel me enseñó sus ideas en planos auto-confeccionados que me sorprendieron por su claridad. Puso especial énfasis en un traspatio que debía ser de unas medidas bastante precisas y debía tener vista abierta hacia el mar, además de una vía de conexión a él. Nuestras visiones congeniaron perfectamente y el proyecto fue un éxito, la inmensa casa quedó erguida en sólo cuatro meses, mirando hacia el océano como un hermoso monumento en su honor. Pero durante ese tiempo también conocí un poco más a Raquel, cuyo misterio me mantenía siempre cautivado, aunque era bien cuidadoso de no revelarlo con demasiado entusiasmo. Aún así ella parecía notarlo y siempre que tenía la oportunidad trataba de sacar una confirmación de mi mirada. También lo logró y a nuestro regreso hacíamos planes para casarnos.

Quería presentarla a mis padres, sabía que ella era aquella pieza que buscaban para terminar su puzzle, no había manera que una mujer como Raquel no fuese aprobada para formar parte del plan de mi vida. Y yo, por primera vez, estaría de acuerdo. Pero ella titubeaba cada vez que me refería al tema y me pedía que esperara hasta luego de la luna de miel, que rompiera los estándares.

Nos casamos en Junio, en una ceremonia discreta en la casa de descanso a la cual sólo asistieron los testigos y nosotros. Fue un día hermoso de todas maneras, una isla soleada en el calendario grisáceo y nos tuvimos el uno al otro en la intimidad de la casa de la orilla del mar. Estuvimos el resto de la tarde sentados en una banca de mimbre del traspatio, observando un cálido atardecer; el cielo ardía, brindando un manto de luz anaranjado que se reflejaba en las densas aguas del mar. Esa tarde quise expresarle mi cariño, más que en otras ocasiones y la acerqué a mi pecho para acariciarla. Inmediatamente sentí como si ella dejara soltar todo su peso sobre mí para luego comenzar a llorar en silencio, sólo derramando lágrimas solitarias. Le pregunté qué ocurría, pero ella se limitó a sonreír y fijar sus ojos, aún más azules, en los míos, distrayéndome de cualquier pensamiento.

No fue hasta la tercera noche que las cosas comenzaron a tomar un rumbo extraño. Recuerdo haber despertado en medio de la madrugada, desorientado por un sonido acuoso, como el chapoteo de un pez. Me di vuelta y noté que me encontraba solo en la habitación, las sábanas en el costado de la cama en que dormía Raquel estaban tibias, pero no oía su presencia en la casa y el baño, que estaba dentro del cuarto, estaba a oscuras. El chapoteo continuaba. La intuición y la curiosidad me llevaron hasta el ventanal de la terraza que daba hacia la playa, corrí las cortinas y fijé mi vista en el traspatio. No había nadie allí, pero entre la espesa niebla pude notar que la rejilla que bloqueaba el paso a la escalera que bajaba a la playa estaba abierta de par en par.

Sin saber exactamente porqué, bajé precipitadamente, mientras mi cabeza articulaba posibilidades terribles, muchas absurdas y otras aterradoramente verosímiles, pero ninguna cercana a la verdad. El golpe de frío contrajo mi piel y humedeció el interior de mis fosas nasales. Aún oía el chapoteo incesante, cada vez más estridente y vigoroso ¿Qué tamaño debe tener un pez para sonar las aguas de aquella forma? Traté de divisar mi horizonte a través de la espesura de la neblina, pero aquel manto de densidad indiferente no permitía que viera lo que me esperaba dos metros hacia delante. Sin embargo aún podía oír… y mejor. Al golpe del agua se sumó un gemido, leve y doloroso que hacía del cuadro completo una pesadilla y lo reconocí; era Raquel.  Invidente avancé guiado por mi audición, hasta que mis pies se helaron al alcanzar el agua, lo que me detuvo de inmediato y al instante pude ver una forma sobre las aguas del mar… ¡Dios mío! Jamás olvidaré el desmesurado tamaño de aquella silueta responsable del chapoteo. Podía ver sus extremidades revoloteando, las unas en el aire  y las otras sobre el agua; su larga cola que se asomaba entre la niebla, girando en espiral hasta enrollarse, para luego dar vueltas sobre sí misma, repitiendo el proceso innumerables ocasiones. Me acerqué cautelosamente, pero la criatura pareció percatarse de mi presencia e inmovilizó todas sus extremidades. Me pareció ver sus ojos brillar, mirando directamente hacia mi lugar, pero no se acercó y yo estaba petrificado. El contacto duró unos instantes y el coloso desapareció entre la niebla, bajo las aguas.

Mi esposa yacía inconsciente en la orilla sobre la arena humedecida, totalmente desnuda. La tomé y la entré a casa, nunca dejando de mirar hacia atrás. No me di el tiempo para tratar de comprender lo que sucedía, pero podía sentir, aún dentro de la casa, aquellos ojos enrojecidos puestos sobre nosotros.

Acosté a Raquel y cerré todas las entradas de la casa. No podía pensar, el chapoteo aún sonaba en mi cabeza como un eco terrible, una resonancia espantosa. Me senté un momento tratando de recobrar la cordura, mi mente lanzaba hipótesis de diverso tipo y discutía con mi irracionalidad. Y de pronto lo oí, nuevamente, el chapoteo, pero no a la distancia sino bajo mis pies, era de menor intensidad, pero parecía multiplicarse.

Como si caminase sobre carbón ardiendo llegué hasta la puerta del sótano, donde el sonido se intensificaba. Acto seguido abrí la puerta y descendí sin siquiera reparar en prender la luz. Me sentía al mismo tiempo atraído y espantado. Al acercarme hacia la tapa circular que cubría el paso al desagüe, el ruido pareció hacer efervescencia, al revolotear de las aguas se sumó un roce escamoso y un extraño coro gutural que pronunciaba lo impronunciable
“Ia Ia! Cthulhu ftagn!”

En la oscuridad escuché la tapa metálica siendo desalineada del concreto, la levantaban desde abajo, y con mis ojos ya acostumbrados a aquella penumbra pude ver las manos, cuyos dedos se unían por membranas, rascando la superficie del sótano. Me di media vuelta y cerré de golpe, trabando la puerta con un estante. Apoyé mi espalda sobre éste y vi a Raquel que estaba de pie junto a la escalera, aún desnuda y con media cara sonriendo.

“Veo que no les ha costado encontrar la entrada” dijo con una ternura que me puso la piel de gallina. “No te molestes en detenerlos mi amor, son nuestra familia y nos han aceptado. Me han unido a ellos, lo siento en mi vientre. Y tú eres parte cariño, la otra mitad de mi hijo es tuyo”.

No pude entender en el momento a lo que ella se refería con toda esa palabrería desconcertante. Atrás mío los golpes incrementaban su fuerza, astillando la madera de la puerta.

“Vienen por mí cariño, déjalos pasar, quieren sentir como se desarrolla. Quieren ser parte de esto”.

No podía ver a mi esposa en esa mujer. De un momento a otro un extraño sentido de supervivencia se apoderó de mí y de mi brazo, sobre todo de mi brazo. Fui rápidamente a la cocina por un cuchillo ignorando que desprotegía mi barricada. Pero sabía que debía hacerlo.
Volví con la hoja afilada.

“Raquel, amor, quiero mi parte”

No pude detenerme. Era como un niño abriendo paso a través de las capas de lo desconocido. Teñía la sala completa de carmesí y sacaba todo lo que encontraba, buscando algo que justificara el atroz crimen. Fue mero instinto de supervivencia, ya que no sabía lo que estaba haciendo, sólo cortaba y despejaba mientras el coro de las criaturas cantaba una melodía de desesperación en un idioma ininteligible. No pude detenerme hasta que lo encontré, justo en el núcleo, el embrión mestizo nadando en una piscina encarnada, con una cola en espiral.

¿Quién sabe cuánto tiempo estuvo ahí? Yo sólo estoy seguro de que lo arrojé al drenaje y el pandemónium cesó al instante. Luego recogí a la madre dispersa y la sepulté bajo la tierra del traspatio, mirando hacia el mar.

Hay noches en que pienso que todo fue un mal sueño para justificar la casa que se transformó en mi guarida solitaria, pero aquellas noches es cuando los escucho, el bramido desde el fondo del océano estremeciendo los ventanales. Luego voto por creer, y de vez en cuando visitar el traspatio, evitando claro, mirar hacia el mar.

Por Paulo Lorca
Ganador del 1º Concurso de Cuentos Kthulu Inc.

8 comentarios el “El Traspatio.

  1. Pingback: 1º Concurso de Cuentos Kthulu Inc. | Revista Litio

  2. Luz
    21 noviembre, 2011

    En hora buena.
    El cuento es exquisito.

  3. Kensan_x
    21 noviembre, 2011

    Un muy buen cuento. Tuve la oportunidad de conocer a Paulo hace algunas semanas, y es una persona de quien espero mucho, en cuanto a su capacidad creativa. En algún momento pensé en escribir un relato para este concurso, pero al final no lo hice. Al parecer había buena competencia. Enhorabuena por el ganador.

    ¡Saludos!

  4. Bárbara Olguín Fuentes
    21 noviembre, 2011

    Me encantó…Que buen escritor! Envolvente, meticuloso, muy bueno!
    Felicidades! te mereces el premio =)

  5. Yeye Slayeye
    21 noviembre, 2011

    Su cuento es digno del s.XIX tal como le gustaba a H.P , aunque en la carniceria es del s. XX … pero de todas formas es un excelente cuento 🙂

  6. Histerika
    23 noviembre, 2011

    me gusto.. el final incluso me dejo son sabor a E. A. Poe ^^

  7. Diego Alonso
    28 marzo, 2012

    Como siempre, felicidades querido amigo. No se si atribuir a mi falta de experiencia o a tu talento innato, pero me envolvio y me fascino.

    Me gustan muchos tus cuentos, un saludo.

  8. leo maly
    30 noviembre, 2013

    super interesante de principio a fin,envolviendo con su carencia nos llevastes a leerlo rapidamente hasta el final, te felicitamos paulo muy bueno.

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Esta entrada fue publicada en 20 noviembre, 2011 por en -Realidad Imaginada y etiquetada con , , , , , , , .

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