Kthulu Inc.

…obedece al tentáculo!

El Fiordo.

No es bueno que revele mi nombre, aunque es probable que muchos puedan deducir quien soy o de qué familia provengo.

Pero aún así siento la necesidad de contar la serie de acontecimientos que coincidieron en mi familia y que pueden marcar el fin de la humanidad y quizás el Universo.

Hace muchos años, cuando era pequeño, era común que pasara los fines de semana en la parcela de mis abuelos en Villa Alemana, donde ellos se retiraron una vez mi abuelo se jubiló de la Armada. Allí se reunía casi toda mi familia a pasar los días bajo sus plácidos arboles y en la noche estar hasta tarde escuchando las historias de mi abuelo. Como dije, él había sido marino de la Armada de Chile, cosa curiosa para un descendiente de alemanes, y con ese ímpetu germánico fue rápidamente escalando grados dentro de la institución hasta que a mediados de los 40’s su carrera se detuvo y termino en un puesto sin importancia. A medida que envejecía comenzó a contarnos una extraña historia que todos tomaban por exageración o mentira, pero el silencio cómplice de mi abuela y el rictus de miedo de su arrugado rostro daban a entender que había algo de cierto.

La historia comienza allá por principios de los 40’s, siendo mi abuelo novel capitán de fragata, se le encomendó el mando de una expedición por las perdidas tierras de la Patagonia chilena. Su misión consistía básicamente en recorrer fiordos y canales levantando mapas cartográficos. En los primeros días de febrero de 194… zarpó desde Talcahuano a bordo de la nave Copiapo rumbo al sur. El trayecto entre Talcahuano y Quellón (en la isla de Chiloé) transcurrió sin mayores novedades. En el puerto insular se recargó petroleo y vituallas para el viaje por los fiordos, donde los asentamientos humanos escasean y no pasan de villorrios de pescadores. Muchos de los habitantes de la Patagonia son de procedencia chilota, una raza degenerada mezcla de los nativos de la Isla y los pocos colonos españoles que escaparon de las revueltas mapuches en el norte.

Mi abuelo bajó a tierra a conversar con el capitán de puerto y recoger algunas nuevas respecto al derrotero. El capitán de puerto era un joven recién llegado a la isla desde Valparaiso y más que algunos reportes meteorológicos no pudo aportarle ninguna información de utilidad. Así decidió recorrer las calles de tierra y el par de bares de mala muerte del puerto para conseguir algo de información de los hoscos marinos locales. Sabiendo que a pesar de su uniforme, las calles de Quellón no son un lugar seguro, mi abuelo fue acompañado de un contramaestre y dos fornidos marineros, todos armados. En los tugurios del puerto escuchó rumores de los degenerados locales respecto a ciertos fiordos “prohibidos”, en los cuales una extraña nube energética afectaba los instrumentos y hace que los barcos queden a la deriva. Los ignorantes chilotes creían que era efecto del Caleuche, Millalobo, Camahueto, Lucerna o algún otro ser de su imaginario cultural. Con las toscas y mal dibujadas cartas de los fiordos con que contaba, trazó un derrotero que le permitiría levantar gran parte de los ignorados e inhabitados canales de la Patagonia que solo los locales conocían en sus vagabundeos, incluyendo los malhadados fiordos prohibidos.

Tras repostar, el Copiapo zarpó rumbo a las Guaitecas. Después de días de navegación con un relativo buen clima, cerca del 46 Latitud Sur el clima empeoró y una fuerte tormenta les obligo a buscar puerto. Cabe mencionar que el Copiapo contaba con los últimos adelantos tecnológicos para lograr su misión, entre ellos un radar mediante el cual avistaron una bahía donde refugiarse. Al entrar en ella los instrumentos enloquecieron y se perdió el control del timón y motores. El barco puso rumbo a un promontorio que prevalecía sobre la bahía y frente al peligro de encallar, mi abuelo ordenó que la gente prescindible se pusiera a buen recaudo en la playa. El radar en un principio arrojaba lecturas caóticas, pero a medida que el barco se aproximaba al promontorio, las lecturas comenzaron un extraño y grotesco periodo de pulsaciones moduladas. Los oficiales que estaban en el puente notaron esta peculiaridad y especularon con horror que podría tratarse de alguna secreta base militar germana, y en baja voz agregaban que quizás mi abuelo confabulaba con ellos. El temor aumentó cuando faltando algunas millas para llegar al promontorio, una nube brillante apareció alrededor del barco como una aurora y los instrumentos dejaron de funcionar definitivamente. El horror llevó al caos y mi abuelo dio orden de abandonar el barco a los que aun quedaban. Ya remando hacia la playa vieron con terror el aura electromagnética que rodeaba el barco y como fuertes haces de energía radiaban hacia el barco desde el promontorio. La reacción causaba que el agua en torno al barco herviera. De un momento a otro una potente explosión los hizo volar con su ardiente viento y una luz cegadora inundó toda la escena, dejando parcialmente ciegos a todos. Enfermos y medio ciegos fueron rescatados días después por pescadores que vieron la luz a lo lejos. Ya en Talcahuano, varios de los marinos murieron, según las malas lenguas por envenenamiento radiactivo producto de algún experimento secreto. Mi abuelo, después de reportar a sus superiores, fue ordenado callar y tuvo que tomar un puesto administrativo sin importancia. Allí languideció hasta que jubiló y solo en sus últimos años de senilidad contó lo sucedido.

La historia de mi abuelo no pasaría de ser una ficción si no es por los hechos acaecidos mientras desarrollaba mi tesis de grado. El tema consistía básicamente en la programación de una inteligencia artificial para identificar ondas electromagnéticas provenientes del espacio. Trabajé en conjunto con el observatorio de … en el norte, aprovechando su red de radio-telescopios. Al principio todo marchaba perfecto, logrando el programa discernir entre pulsares, estrellas de neutrones y otros elementos, a pesar del gran ruido de fondo del Universo. A principios de Mayo del 20.. decidimos enfocarnos en un sector del centro de la galaxia, entre Sagitario y Escorpión. Al poco tiempo empezamos a recibir extrañas señales que no parecían propias de estrellas y que se diferenciaban claramente del ruido de fondo. Tampoco parecían de origen artificial, dado el ancho de banda en altas frecuencias, propia de generadores de alta velocidad como estrellas colapsadas. La IA fue incapaz de relacionar el evento y solo se dedicaba a buscar patrones en una redundancia cíclica. Confiando en la capacidad de mi código, no intervenimos y dejamos que la IA resolviera sola el problema.

En el estado que estaban las cosas, mi presencia en el observatorio no tenía sentido, así que regresé a Santiago a escribir la memoria. Los informes de la IA se enviaba a mi mail, así iba revisando el progreso en las iteraciones. Al estar concentrado en escribir los capítulos introductorios, durante un par de semanas no preste atención a los informes. A mediados de Julio recibí una llamada desde el observatorio, ya que se estaban produciendo anomalías tanto en los radio-telescopios como en el sistema general, al parecer generadas por la IA. Rápidamente revisé los informes del ultimo tiempo y con horror observé que el código había sido manipulado. Llame rápidamente al observatorio lleno de furia y el director del observatorio juró que nadie había tocado el código, pero que haría una investigación interna. Tras ello me puse a revisar el código para revertir cambios. Este me resultaba casi incomprensible, ya que no se basaba en los paradigmas originales, sino que había evolucionado en una forma extraña y grotesca en base a una caótica genética numérica. Debí leer en retrospectiva los informes para buscar el origen de aquella mutación y cual no seria mi sorpresa al constatar que todo se había iniciado en una resonancia de la señal. Esta había causado que la IA enloqueciera y generara un cáncer matemático que fue absorbiendo el código. Leí frenéticamente todos los informes y el horror me poseyó ¡La IA estaba siendo poseída por alguna absurda identidad memética del centro de la galaxia que buscaba entrar en todo el sistema de radio-telescopios! Con algunos cálculos de complejas matemáticas al borde de lo irracional, comprendí que aquella estrella inteligente buscaba transportarse ¡Hacia nuestro planeta!

¿Que absurda razón haría que una concentración de radiación quisiese viajar por las inmensidades del espacio? Mi horror me llevaba al borde de la locura, si aquel ser lograba tener el control total del sistema ocurriría una gigantesca explosión de energía. En esas divagaciones volvió a mi mente la historia del abuelo. ¡Aquel ser ya había intentado transportarse! Pero por la intromisión del Copiapo no logró llevar toda su masa a través del hiperespacio y solo consiguió una pequeña explosión nuclear.

Con las intenciones de esa malévola conciencia claras, telefonee rápidamente al observatorio, pero las lineas estaban cortadas. Desesperado tome un vuelo y después un auto. En menos de 10 horas viajaba por el desierto y de pronto a la lejanía una luz brillante, cerré los ojos instintivamente y en menos de un minuto una fuerte masa de aire volcó mi auto. Días después en el hospital, ya con la mente clara, lo comprendí: el sistema había colapsado y aquella conciencia absurda había fallado otra vez. Pero lo volverá a intentar hasta consumir nuestro planeta en una abrasadora ola de energía, para un fin que nuestras mentes no podrán nunca comprender.

Por Sebastian Schirmer
Selección oficial 1º Concurso de Cuentos Kthulu Inc.

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Esta entrada fue publicada en 27 noviembre, 2011 por en -Realidad Imaginada y etiquetada con , , , , , , , , , , , .

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