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…obedece al tentáculo!

Quid pro quo.

Es el tercero.

Ya no hay lágrimas. El dolor mismo es sólo un rumor que, lejos de atenazar su mundo, se mantiene como un ruido de fondo. En cierto modo es una espectadora en tercera persona, ajena ya al vejamen.

Es el tercero, no el último. Varios esperan su turno; ebrios de euforia y bebida, famélicos de alimento y conciencia, despojos de humanidad desde antes que la misma humanidad desapareciera.

Ya no es una niña, no lo es desde hace meses. Demasiado terror, demasiada tristeza.

El tercero cae a un costado, exhausto. El cuarto busca acomodarse dentro de ella, no será el último, ojalá no lo sea. No hay esperanza para ella, ni dolor: pero odio. Ella reza porque cada uno tenga su oportunidad para llevárselos a todos. Demasiado ansiosos. Demasiado ebrios.

Excesivamente seguros de su patético poder, de las armas en sus manos, de la impunidad absoluta de ser los fuertes entre los desesperados. En extremo confiados para tener el más mínimo sentido común en un mundo que también lo ha perdido.

El cuarto empuja dentro de ella. Hunde las uñas en sus muslos, aprieta los dientes mientras los demás lo alientan. Ella sólo ve el techo, la mirada perdida, sólo tiene conciencia del dolor en el brazo; palpitante, quemando por dentro. El quinto reclama su lugar: trata de besarla torpemente. Su aliento, apestado a podredumbre y licor barato, luego la golpea. A ella poco le importa. Ha sentido olores peores, demasiado cerca, demasiadas veces.

Olor a muerte.

Está muerta. Murió hace meses ante los cadáveres de sus padres, cadáveres que casi la matan. Ella está muerta. Murió escondida entre ruinas, comiendo basura, corriendo y escondiéndose. Ella está muerta. Murió de terror escapando de la horda. Murió abrazando a su pequeño hermano llorando por el hambre de semanas. Pero sobre todo murió esa misma mañana, cuando su pequeño hermano muerto le mordió el brazo y se llevó sus esperanzas.

Desde entonces era un cadáver respirando sus últimas horas, escapando del recuerdo de un pequeño cuerpo decapitado abandonado en un sótano. Así la encontraron, así la golpearon, así decidieron violarla sin siquiera sacarle toda la ropa y ver la herida en su brazo.

El quinto toma su lugar, sin lograr una erección completa. Sólo cumple con el ritual para no parecer débil. La debilidad mata, y no es mundo para débiles. Está dispuesto a hacer lo que sea para sobrevivir. El sexto lo aparta minutos después, ansioso. Ella no lo nota. Sólo mira el techo.

Está muerta, y ellos también, aunque no lo saben.

No morirá sola. Espera que todos tengan su turno antes que la oscuridad caiga sobre ella, que todos estén dentro de ella, tal como lo está el virus; su regalo.

Está muerta y se los llevará con ella.

Tal vez más tarde caminen juntos.

“Quid pro quo” por Carlos Paez.

Publicado originalmente en Chile del Terror, el catalizador del horror hecho en Chile.

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Esta entrada fue publicada en 13 agosto, 2012 por en -Realidad Imaginada, Cuentos y etiquetada con , , , , , , , , .

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