Kthulu Inc.

…obedece al tentáculo!

La Culpa.

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Lo ocurrido carecía de explicación. Un cuerpo exangüe, tendido casi ceremonioso sobre la mesa del comedor, y cuyos exámenes tanatológicos arrojaron luego un resultado no concluyente. La ausencia de todo signo contrastaba con el ambiente recargado de aquella casa. Un horror vacui evidente, expresado en las sombras proyectadas por la luz de las lamparitas sobre las molduras de las paredes.

Un hombre que vive solo, muerto. La evidencia apunta a que no hubo participación de terceros. No existió intoxicación por alguna sustancia. El hombre pareció entregarse, como voluntariamente a la muerte. Aquel comedor se convirtió en sede de un velatorio corpore insepulto, ¿con qué propósito?

Las suposiciones fueron varias, sin alcanzar estas una verosimilitud decente. Entre estas, se responsabilizaba a la casa, tachándola de maldita, entre otras. Otros decían que la muerte se había orquestado de tal modo, con venenos traídos de esos rincones del planeta que solo Dios conoce. Incluso se barajó la posibilidad de que todo correspondía a nada más que a una mera casualidad.

Era una de esas casas no tan antiguas, de esas que imitan el estilo costero en plena ciudad. Una construcción de madera, pintada con colores pasteles por fuera, prefiriendo el barniz y esa elegancia burguesa, barata, en el interior. Paisajes térreos comprados a un aspirante a pintor, sin academia; sin técnica. Lamparitas pintadas en bronce que alumbraban un lugar extremadamente recargado, estanterías repletas de volúmenes ajados, modestos; de esas ediciones baratas que venían con el diario cada martes. Malas reproducciones en resina de conocidas obras de Buonarotti, o relieves bastante vulgares de algún Da Vinci.

Un comedor; ¡vaya comedor! Acaso fuera lo único de buen gusto en esa casa: sencillo, apenas decorado, seis lamparitas (tres a cada lado) alumbrando la pequeña estancia; una detrás de cada silla. En uno de los extremos de la mesa, reposaba en la pared el cuadro de un pintor sin talento. Una mancha negra sobre un fondo azul. Un fondo azul expresivo, dinámico; una mancha negra, inexpresiva de no ser por el tacto, a través del cual se descubrían los relieves de una mujer anciana. Severa, aunque cierta ternura se adivinaba en los pliegues de la comisura de sus labios.

Aurelio se levantó aquella mañana como cualquier otra. Como cualquier mañana desde entonces: desde la soledad, desde el silencio, desde la depresión. Tiempo ha que había muerto su mujer, desde entonces la existencia no era la misma. Desde entonces, las mañanas eran como aquella.

Amelia era, o mejor dicho fue en vida, su mujer. Una mujer severa, triste. Un rictus riguroso en las cejas, mientras que uno flexible en los labios daba a entender una actitud ambivalente, dual. Él le amaba, pero también reconocía: le odiaba. Odiaba su malhumor, sus arrebatos histéricos, odiaba esa dualidad. La prefería incluso odiosa, pero no dual. No sabía cuándo amar u odiar a la demente. “Demente”, esa palabra la describía casi en totalidad. Lo suyo era patológico sin duda. Lo era hasta que se hizo el silencio; el silencio que bastó para que en cada puerta hubiese un candado, cada ventana fuera tapiada, cada luz extinguida.

Aurelio depositó el cuerpo sobre la mesa del comedor, acaso decidiendo el proceder. Trocearla, congelarla y consumirla no le atraía; Aurelio podría ser un asesino, pero no un caníbal. Disolverla en ácido, o bien en soda cáustica y enterrar sus restos; problemas: se había olvidado de ello, y no quería ya salir. Quemarla parecía viable, pero, “¿qué hacer con las cenizas?” pensó.

Arrancó del marco uno de los lienzos, el más simple (mejor dicho el menos feo), y procedió, infantilmente, a esparcir sobre él un poco de cola fría y sobre esta las cenizas. Ello con la habilidad de un adulto mayor con mal de Parkinson, acabó en la mancha irregular cuyo único nexo con la realidad eran dichos rictus, la severidad y la benevolencia. La presencia acechante de la dualidad del ser amado.

Desde entonces el viejo se servía de barbitúricos para conciliar el sueño, no exento de una extraña y gozosa culpa. Comía, y pasaba casi todo el día en aquel comedor, absorto en el cuadro, perdiéndose en el amor hacia esa boca a ratos, y otros en el odio reflejado en esas cejas. La privación del contacto con otros, le llevó a atribuir al cuadro ciertas propiedades, a identificarle como un espejo de su inconsciente. Era ella, el peso escondido que le hundía más cada día. La depresión que le sumía en el mutismo.

Aurelio dejó de hablar.
Aurelio dejó de comer.
Aurelio dejó de dormir.

Amelia comenzó a vivir, ahora más que Aurelio. Se apoderó de sus días en vela, de sus noches en sueño. Se apoderó de cada rincón de la casa. Amelia quiere salir, escapar. Así, un día la situación llegó a un punto insostenible. Ese día Aurelio murió, nadie sabe por qué, tendido sobre la mesa del comedor, con el cuadro azul profundo mirándole a lo lejos, ya sin la mancha.

Han encontrado un hombre muerto, sin razón aparente. Ese día la locura recobró la vida.
Han encontrado un hombre muerto. Alguien habrá encontrado viva a una mujer de curioso carácter.

Por César Sepúlveda Larenas
Segundo lugar en el 2º Concurso de Cuentos Kthulu Inc.

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Esta entrada fue publicada en 17 enero, 2014 por en -Realidad Imaginada, Cuentos y etiquetada con , , , , , , , , , , , , .

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